Mucho
se ha dicho sobre el avance de un país con respecto a sus construcciones, tecnología
y economía. Ciertamente son puntos muy importantes que se deben tomar en cuenta
sobre el desarrollo de una nación, pero un detalle que por lo general se pasa
por alto es el progreso intelectual y social de sus habitantes.
En el siglo XX, durante el mandado
del dictador Marcos Pérez Jiménez, se sabía que Venezuela avanzaba a pasos
agigantados hacia el desarrollo, hacia lo mal llamado “primer mundo”. Este
progreso venía dado por una fórmula que combinaba sociedad, construcciones,
economía, industria y producción. Los más resaltantes, para la época, fueron la
sociedad y construcción. El santo y seña del General durante su mandato fue el
Nuevo Ideal Nacional, que cobija la doctrina del Bien Comín, que proponía el
mejoramiento de las costumbres venezolanas mediante la apertura de las
fronteras y oportunidades para aquellos europeos en busca de asilo por la
segunda guerra mundial.
No es un secreto que las mayores
obras civiles en Venezuela fueron construidas durante ese período llamado
oscuro por unos y el mejor de todos por otros. Entre las más resaltantes está
la autopista Caracas-La Guaira, los bloques del 23 de Enero, originalmente
llamada 2 de diciembre, el Hospital Militar de Caracas y la Ciudad
Universitaria de Caracas, Patrimonio Cultural de la Humanidad desde el año 2000.
En la década de los ochentas y
noventas Venezuela pasó por uno de sus peores momentos económicos y sociales,
el viernes negro, la caída de los precios de la moneda, la fuga de capital y la
explosión de la burbuja crediticia arrastrada desde las épocas de la llamada
“Venezuela Saudí”, durante la cual Carlos Andrés Pérez era Presidente.
Durante esos años se vivieron
situaciones de violencia, saqueos, golpes de estado, destituciones
presidenciales, etc. Poco a poco las costumbres de aquella sucursal del cielo
se han ido esfumando para dar paso a la violencia, intolerancia, rencor y odio
acumulado de décadas pasadas. Antonio Pasquali (1998) explica que en Venezuela
ocurre:
Desde nuestro
punto de vista moral, no excluyente, en los siguientes términos: enfermedad de
convivencia, excesiva instrumentalización del prójimo, extraordinaria
desagregación personalista del ciudadano, facilitadora de manipulación y
explotación de la sociedad civil. Todo esto, artificiosamente impuesto a una
sociedad de raigambre latina, espontáneamente socializante y solidaria, por
obra de diferentes agentes: gobiernos, fuerzas políticas, corporaciones,
vendedores, confesiones, modas importadas..., y conversión instrumental de
dicho prójimo en medio para la obtención de fines particulares o seudosociales.
Es fácil de evidenciar dicha
descripción en las calles, por lo menos caraqueñas, donde las construcciones, buenas
o malas, acordes o no, pagan de una u otra forma las consecuencia de las
acciones que como sociedad tenemos. Es necesario recordar los momentos de
invasión de la Ciudad Universitaria de Caracas durante el primer gobierno de
Rafael Caldera, donde se ametrallaron las instalaciones que eran trinchera de
estudiantes simpatizantes de la guerrilla. Lo mismo ocurrió con el 23 de Enero.
No hay que dejar de lado el vandalismo, la desidia por parte de las autoridades
y la corrupción.
Hay algo que se tiene en común entre
los venezolanos y es la propia decadencia como sociedad, dejando a un lado los
valores, pero prevaleciendo la queja hacia los demás por ello. Dice Pasquali, A
(1998) “si todo el mundo concuerda en la necesidad de formar un nuevo
venezolano (lo que implica reformar al de hoy), es porque algún importante
mecanismo del equilibrio social ha cesado de funcionar correctamente.”
Para reformar al venezolano, o
alejarlo de las malas costumbres existentes Antonio Pasquali propone:
Un maxi proceso de
reeducacion de toda una sociedad, del factor perseverancia, rara virtud entre
nosotros... requieres sin duda decisiones supraideológicas y suprapartidistas
internalizadas por todo el país y autosostenidas, que puedan seguir
impertérritas su rumbo de un equipo de gobierno a otro.
Si se realiza un proceso de
reeducación donde todas las corrientes del pensamiento tengan cabida, sin
importar la ideología partidista y los protagonismos políticos, se podría
llegar a lo que Andres Oppenheimer cita en su libro Cuentos Chinos como
“el milagro irlandés”, donde relata la transformación de un país pobre a uno
socioeconómicamente rico en solo doce años, esto debido al acuerdo social que
se produjo luego de caer en cuenta de su situación.
En Venezuela aún no se ha caído en
cuenta de la situación real que se encuentra, se tiene una idea vaga, dada por
referencias traídas del extranjero, mas no por la propia deducción criolla. Esa
picardía denominada así por Alex Capriles en La picardía del venezolano y el
triunfo de tío conejo debe ser dejada a un lado, olvidada y desterrada de
nuestro inconsciente freudiano.
De nada sirve tener monumentos en nuestras ciudades, patrimonios
mundiales, edificios de referencia histórica, si no se tiene en el consciente
social el valor inmaterial de lo que se pisa, se usa y se ve, jamás se tendrá
un verdadero conocimiento de lo que somos. Mientras tanto, todas estas
estructuras monumentales de hace más de 50 años dan cuenta de lo que una vez
fue Venezuela, o mejor dicho, de lo que una vez fue el venezolano, que logró
por un tiempo tener a la sucursal del cielo y a la odalisca tendida bajo los
pies del sultán enamorado de Gallegos como capital, la misma que vio nacer a
héroes y despedir a tiranos.
Bien expuesto está en el experimento
llevado a cabo en 1981 sobre adicción en ratas por Bruce Alexander, donde
demuestra que tener un ambiente apropiado, incluyendo su contexto social, hace
que la conducta de los seres vivos con sistema nervioso se modifique favorablemente,
alejando la posibilidad de caer en adicciones o agresividad y depresión. Es
esta una de las consecuencias que tenemos por lo que se es, Caracas es
agresiva, depresiva, mal educada, pero si se logra combinar el cambio social
antes mencionado con la reestructuración humana del urbanismo de la ciudad se
logrará aquel ideal caraqueño que todos quieren. Volver a ser la sucursal del
cielo.
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